s. XXI

Haz lo que sea para que no parezca Amor.
Que es lo que se lleva ahora.
Duelen tantas tripas en nombre de la libertad.
Tú dices libre y yo digo cobarde.
Cobarde todo aquel que no es capaz de comprometerse con el instante.
Cobarde todo aquel que no esté presente cuando el otro está desnudo y vulnerable.
Cobarde todo aquel que puso un límite desde el principio.
''Yo es que no quiero nada serio.''
Como si no fuera lo suficientemente serio estar dentro físicamente de otro ser humano.
''Yo es que no creo en las etiquetas.''
Como si ponerle nombre a las cosas fuera algo malo.
''Yo es que busco pasar el rato.''
Como si la vida fuera para siempre.
Hay algo tan neurótico en nuestra manera actual de relacionarnos.
Tan irrespetuoso con la vida. Tan impaciente.
Y queremos más: más picante, más gorda, más grandes, más altos, más guapas, más fuertes, más delgadas.
Nos aburrimos porque no nos soportamos a nosotros mismos.
Porque no queremos que nadie nos conozca.
Porque es más sencillo empezar de nuevo cada poco vendiendo nuestra mejor cara.
Porque es mucho más sencillo follar que limpiar lo follado.
Porque tenemos miedo a que en el fondo seamos un auténtico fraude.
A que cuando el otro arañe un poco vea que no hay nada.
Nada serio.
Y aquí seguimos rascando, cambiando cromos repetidos, poniéndonos ropa interior cara para que otros se limpien los pies al entrar.
Haciendo del amor una servidumbre de paso.

¿No sientes a veces que tú vales más que todo eso que haces?

Que tú eres un jodido milagro.
Con tus ojos que todavía pueden ver.
Con tu pies moviéndose para llevarte al lugar que quieras.
Con tu boca capaz de dar las gracias.
Con tu piel ocupando una plaza en el mundo.
¿No sientes a veces que tú te mereces más que lo poco que te dan?
Dos besos mal pegados.
Tres minutos entre las piernas.
Cinco embestidas.
Y un WhatsApp: ''No me agobies.''
Lo más triste es que esta sociedad ha conseguido invertir los papeles.
Ahora si dices que sientes algo, estás loco.
Es muy pronto. Muy arriesgado. Poco inteligente.
Dime tú, cómo lo haces para no sentir algo cuando lo haces.
¿Cómo se finge la vida?
Cómo se hace para que nunca parezca amor.
Roy Galán.


Me seducen las mentes.

"A mí la gente no me decepciona apenas. Y no es porque me rodeen sólo mentes maravillosas, ni porque pase olímpicamente de los que no me aportan nada. Sobre todo, porque así, a priori, estoy convencido de que hasta el más simple de los seres puede por una vez en su vida, en algún momento, hacer una fantástica aportación. En realidad, que no me decepcionen, es una cuestión de actitud, de mi actitud por supuesto.

Voy, voy, lo explico. En mi opinión, y simplificando al máximo, hay dos formas de enfrentarse a los desconocidos, o mejor, a los recién conocidos.
Una es no darles ningún valor y esperar a que te lo demuestren. A mí esta siempre me pareció una actitud soberbia por parte de quienes la practican, quizás porque yo no tengo por costumbre intentar demostrarle nada a quien no espera nada de mí. Desde luego es una actitud con la que se pueden perder muchos elementos valiosos y casi todos los matices.
Otra es concederles el respeto y la oportunidad de antemano, considerando que es muy probable que aporten valor, y dejar que sean ellos los que te decepcionen si no están a la altura de las circunstancias. Así no te vas a perder nada que merezca la pena pero, por contra, podrías sentirte decepcionado. Claro que para que exista la decepción has debido ser tú el que haya juzgado de antemano. Porque se puede juzgar por encima de las posibilidades del otro, que no todos los juicios son negativos. Y en este caso, la decepción te la debes a ti mismo, a lo que tú has puesto en el otro que no estaba realmente.
Y no pretendo hacer un discurso sobre si todos somos buenos y la sociedad nos cambia. Ni mucho menos. Que en esto también habría mucho que matizar y cada vez estoy más convencida de que las mentes que merecen realmente la pena se crecen ante la adversidad y muestran grandes valores en los peores momentos.
Y tampoco estoy hablando de maldad, de hipocresía, ni de falsedad, que a estas alturas ya habréis notado que no suelen ocupar mi tiempo. Más aún, cuando se me acercan les presto todavía mucho menor interés. Por eso se quedan solas, incluso si no se van. Y tan solo me llegan en forma de eco.
De lo que quiero hablar hoy es de por qué una mente nos atrae, de por qué, independientemente de cuerpos y músculos, decidimos que tendríamos sexo con la más inusual de las conversaciones, que nos enamoraríamos de cada punto de vista, que estaríamos dispuestos a cualquier cosa sólo para verla brillar.
Y es que, volviendo a mi simplificación del mundo, vamos por la vida con una cierta tendencia al juicio ajeno que nos lleva a autoevaluarnos continuamente:
Si nos encontramos con alguien de quien no esperamos nada y que no nos aporta nada, enseguida nos ponemos un diez, como si el solo hecho de haber acertado en algo tan triste fuera digno de mérito.
Si nos encontramos a alguien de quien lo esperamos todo y que no nos da nada, nos ponemos un cero y quedamos con una decepción de esas que necesitan psicólogo, como si la experiencia de poner expectativas no nos hubiera traído ilusión ni nos hubiera ayudado mientras la sentimos.
Si nos encontramos con alguien de quien no esperamos nada y que nos lo da todo, en el mejor de los casos, si no somos unos cabrones de mierda, sentimos la tremenda decepción de saber que seguramente se nos ha notado, que hemos quedado fatal, que no hay excusas que paguen haber pensado mal.
¿Y si nos encontramos con alguien de quien esperamos todo y que nos lo da todo? Hablo de esas mentes maravillosas que te dan lo que necesitas justo en el momento en que lo necesitas. Supongo que os ha ocurrido y me imagino que coincidiréis conmigo en que encontrar a esa persona es la mejor de las experiencias vitales que nos pueden suceder.
Porque vivimos en plena vorágine, porque llegamos a la piel antes de haber siquiera comprobado si la mente está en su sitio. Porque este siglo ha comenzado cargado de distancias cortas y de relaciones a distancia. Y tampoco crea nadie que por hablar y hablar y compartir redes me creo que lleguemos a esas mentes que manejan el teclado del móvil y del ordenador, que aquí es demasiado fácil ser lo que no se es.
En realidad quería hablar de esas personas que ocupan nuestra mente en cada punto importante del día. Y en los intermedios. De esas personas que cambian los lugares por los que pasan dejando su perfume aunque no se hubieran echado ni una gota. De esas que cuando te los cruzas, lo primero que te viene a la mente es "ojalá lo hubiera conocido antes", de esas que de pronto han traído la pieza que te faltaba para que el puzle sea perfecto.
Por eso hoy os quería hablar de ellos, porque os invito a buscarlos, a encontrar a esa gente que no duda en marcar su diferencia con los demás, a los que se acercan cargados de soluciones, a los que saben distinguir lo importante de lo accesorio, a los que saben que no es mejor el que te ayuda, sino el que no te molesta, el que está sin ocupar tu espacio, el que te acompaña sin consumir tu tiempo. Hoy os invito a no conformaros, a acercaros a esas mentes que se crecen con la adversidad y que construyen opciones nuevas y talentos nuevos. Os invito a compartir con la gente que se hace fuerte y va de frente.
Porque con esas mentes nunca te cansas, porque se han dado cuenta de que la vida es corta y se niegan a consumirla de modo responsable, porque no son moderados ni tranquilos pero dan calma.
Os invito a encontrar esas mentes y a compartir con ellas vuestros mejores deseos, porque sólo así conseguiréis hacer algo de lo que nunca os vais a arrepentir.
Porque sólo esas mentes son capaces de cambiar el mundo."

Marián Fraile Basanta

Algo tan genial como Izal.

Que pensemos despacio, queramos deprisa y caminemos con la frente alta.
Incluso en este justo momento en que nada ocurre.
Calma blanca, ropa de cama de hotel.
Olores de vida plena... 
Sexo ligero, agua fresca, zumo de fruta y café.
Incluso ahora que ya no hay miedo, que nada tiembla.
Sal de baño, brillo dorado en la piel.
Y un beso sincero en la boca...
Pies descalzos, arena virgen, Copacabana y claque.
Cine desierto, sol en la cara, latina ardiente, ron de caña,
Domingo desde las tres.
Terraza de vino y rosas.
Soñar despierto, dormir contigo.
Viajar despacio y volver...
Así que atentos todos al cielo, calma, quietos, cojan aire, quizá nos toqué correr.
Que al menos quede el recuerdo,
que fue perfecto.

Para los débiles ya no hay amor.

Me creo Paulo Coelho hablando de Dios, pero mis dioses no están en tu Iglesia.
Luchando por traer pan a la mesa. 
La religión vive en tarjetas con bandas magnéticas.

Alineando tus dos planetas. 
No pueden silenciarnos como a Tesla. 
Tú tienes lo que me falta, entrégate a mi fe, pon mi mano debajo de tu falda.
Historia del saqueo, de mi corazón aquel Enero. 
Febrero. Marzo. Todos los meses del año.
Todas las noches me engaño.
Me la juego, quemo el último cartucho.
Luego me arrepiento de lo dicho y pataleo. Sueño feo. Confundo necesidad y deseo.

Tu déjame ser yo, que ya habrá tiempo para ser otros, para que vivamos mintiéndonos, conformes con lo que no somos.

Vemos el futuro negro porque negros son los ojos que llevamos. 
Yo que estuve recogiendo flores, como excusa para entrar en tus jardines.

Llegando al kelo de día con las manos vacías y el alma en el suelo, 
he decidido dejarlo, 
no sé el qué,
todavía lo estoy pensando,
tal vez te llame algún día.

Hoy les canto a mis delirios neuronales.

Que tengo falta de atención y la afición de estar constantemente urgándome por dentro, y eso no ha de ser sano.
Estoy harta de pensarme, de comerme la cabeza, me falta más de una pieza que no encuentro en ningún lao. Demasiao joven y algo vieja pa cumpir mis sueños, se me pasa el tiempo, todo llega y yo ni me he enterao.

Si entre lo que dices y lo que haces hay en medio un mar, de dudas o comodidad, si vienes o te vas, sin ningún rumbo. Mañana salvarás el mundo, hoy toca descansar.

Desengánchate de la carne, de la droga, del puto Internet, de la sopa boba, del no saber que hacer, de llorar por nada y de buscar porqués, porque nada es para siempre tía, o es que no lo ves.




Si dicen perdido, yo digo buscando.
Si dicen no llegas, de puntillas alcanzamos.
Si dicen caíste, yo digo me levanto.
Si dicen dormido, es mejor soñando.

Perdonen que no me aclare en medio de este mar enturbiado... Nos hicieron agua trasparente, no me ensucien más, yo ya me he manchado. Y es que hay una gran diferencia entre pensar y soñar, yo soy de lo segundo... En cada segundo vuelvo a empezar.

Hoy sabemos que lo importante es soñar, liberar nuestro inconsciente, el filtro de censura del pensamiento, creemos  que al soñar perdemos un tercio de nuestra vida, y nos equivocamos.
Sweet introduction to chaos.

Esto no va de amor.

Nací en agosto,
estoy libre de bautismo porque mis padres pensaron
que decidiera yo misma en lo que creer una vez supiera hablar.
Crecí en un colegio de curas,
he recitado el avemaría todas las mañanas a las ocho
desde los séis años hasta los dieciséis.
Mentiría si dijera que no echo de menos el uniforme,
las verbenas de fin de curso
y muchos profesores.
Lo de rezar no.

Nunca se me dio bien relacionarme;
el llevar un corsé ortopédico media adolescencia no ayudó.
Nunca fui muy popular,
la verdad,
me gustaba no serlo.
Aun así tuve suerte,
a día de hoy sé que tuve los mejores compañeros que podía tener.

He tenido cinco mejores amigas,
soy hija única aunque una vez juré tener una hermana
dentro de esas cinco.
Hoy me debato en esa creencia firme de que la amistad existe
tal y como yo la siento o como veo que es;
todo iba mejor cuando no nos planteábamos tantas cosas
la verdad.

Me crié en un barrio linense
a base de los potajes, guisos,
pucheros y otras delicias de mi abuela Ani,
bajo la voz callada y mirada atenta y protectora de mi abuelo Juan.
La primera de las nietas,
mimada sí,
pero no consentida.

Mi bisabuelo fue poeta,
escribía desde la cárcel
y mi abuela Tere solía recitarme sus poemas
antes de tan siquiera ser capaz de comprenderlos
mientras yo jugaba con una caja de botones.
Prometí a mi abuelo Pepe leer la Biblia y ya he cumplido la mitad.

Adoro a mi familia,
desde mis padres hasta lo que alcanzo a conocer
y sigo conociendo a día de hoy.
Los disfruto, y aunque los quiero les cuento poco
pero aun así saben mucho más de lo que parece.

Amé el metal a los trece,
el punk a los 14,
y el rap a los 15,
ahora ando enamorada de muchos cantautores
y detesto a aquellos que juzgan a otros por escuchar reggaeton
si ellos mismos se vuelven locos cuando suena
un tema clásico en cualquier discoteca.
Yo los bailo,
qué pasa.

Descubrí el amor a los trece,
lloré por amor por primera vez a los catorce.
Lo he confundido con cariño,
lo he transformado en olvido.
He tenido cuatro novios
y no he besado a muchos más.
Me han juzgado por eso de que según dicen eso no es vivir la vida,
que tengo que experimentar;
yo qué sé,
siempre me ha pesado más el latir del corazón
que el de la entrepierna.

Luego acaban reconociendo que los mejores polvos no son los de una noche.
Pero eso es otro tema.

Me han roto el corazón dos veces
y yo he roto otros dos.
Para qué hablar de platos.
De la primera vez aprendí que tirar la toalla a destiempo
es sólo una excusa para no afrontar
que el amor cuando se quema sigue oliendo bien;
la última descubrí que no había aprendido una mierda,
además de que la mentira como patología existe.
De las veces en las que hice daño aprendí que
que se te vaya el amor es otra forma de arrancarte
el corazón del pecho y no tener a quién dárselo
porque sabes que no es justo.
Que es lo peor porque es una carretera de un solo sentido
y sólo tú tienes el freno.

Estudio derecho para dedicarme a otra cosa,
nunca me he permitido equivocarme
por miedo a ser juzgada,
para con veintidós daños
acabar dándome cuenta de que equivocarse no es un error.

Y todo esto para acabar diciendo
que somos los únicos jueces sin oposición que perdemos el juicio contra nosotros mismos
cuando somos todos los que creamos lo “socialmente establecido”,
y aun así inventamos la palabra prejuicio sólo para excusarnos cuando la cagamos.

S.B.